El 28 de junio nuestro querido Partido Socialista cumple 120 años de vida.
Se trata de una historia rica en esfuerzo y compromiso, en la que hombres y mujeres dejaron su tiempo y su vida por construir una sociedad más igualitaria y más justa. Estaban convencidos que los trabajadores y las trabajadoras merecían vivir en un país y en un mundo sin explotación, sin odio y sin guerras.

Nuestro Partido mantiene vigente el espíritu de sus padres fundadores. Hunde sus raíces en el Dogma Socialista de Echeverría, en los valores del ideario socialista utópico y en el método práctico y la teoría política aportada por el llamado socialismo científico. Sin embargo, no se trata sólo de las posiciones teóricas. El Partido Socialista nació por el esfuerzo y el trabajo de miles de obreros inmigrantes que buscaban construir en la Argentina, esa nueva patria a la que llegaban con la esperanza de la prosperidad, un país de iguales. Eran inmigrantes de nacionalidades diversas que traían su experiencia en grupos y organizaciones socialistas en sus países de origen. Venían, además, con sus periódicos y sus órganos de difusión, escritos en su lengua natal.

Un hombre intentó, durante años, reunir a todos aquellos grupos. Consideró que era imperioso que los socialistas tuviesen unidad. Fue Juan B. Justo. El que consiguió formalizar el Partido Socialista, dotándolo de una carta orgánica y de una organización institucional que permitiese trabajar juntos a todos aquellos que se sentían parte del movimiento. Juan B. Justo era un gran pedagogo y estaba decidido a convencer a los trabajadores de que a través de la acción política sería posible conseguir los objetivos que el socialismo pregonaba. Por eso la educación y la capacitación fueron dos aspectos claves a los cuales dedicó gran parte de su tiempo. Sólo con la concientización y la madurez de los trabajadores, sería posible desarrollar una sociedad nueva, más equitativa e igualitaria.

Bajo su dirección, los socialistas abordaban los problemas de la época y elaboraban propuestas superadoras frente a un capitalismo incipiente con sus secuelas de explotación y pobreza. Los programas mínimos del Partido Socialista se expresaban en la lucha por las ocho horas de trabajo, la responsabilidad patronal en los accidentes laborales, la abolición de los impuestos indirectos, la instrucción efectiva laica y obligatoria y la autonomía municipal, entre otros.

Juan B. Justo era, además, un ferviente pacifista. La violencia no entraba en los cánones de la conducta de un socialista. En su pensamiento también estaba la necesidad de la amplitud para la construcción del socialismo. Este es el Partido de la amplitud, la democracia y el respeto a la diversidad. Lo orgánico del partido, su eficacia, está en la disciplina de cumplir lo resuelto democráticamente por su mayoría pero no en la inexistencia de compañeras y compañeros que piensan diferente. Alfredo Palacios, uno de los mayores exponentes de nuestra historia, creador del Nuevo Derecho y primer legislador socialista de América, no provenía de una tradición de izquierda sino de centros obreros católicos. Eso no le impidió reconocerse en el socialismo y abrazarlo como la causa a la que le dedicaría toda su vida.

Aquellos primeros socialistas fueron activos defensores de la Reforma Universitaria de 1918, que significó una fuerte propuesta colectiva de solidaridad obrero­estudiantil, de antiimperialismo y de unidad latinoamericana. Concebir el socialismo no puede hacerse sin el conjunto de valores que es necesario sostener como principios irrenunciables: la igualdad, la solidaridad, la libertad, la justicia, la ética y la transparencia en el manejo de lo público. La defensa de los trabajadores, de las mujeres, de los niños y de las personas mayores hacen a la esencia socialista. Estos, que fueron nuestros valores y principios fundantes tienen hoy más validez que nunca.

Nuestros ideales deben sostenerse con militancia y ejemplos. Guillermo Estevez Boero solía decir: “se marcha, no se llega”. No existe un lugar determinado al que arribaremos, pero sí una marcha apasionada para construir, progresivamente, una sociedad más justa. El siglo que transitamos enfrenta a la humanidad a contextos y escenarios cambiantes y ofrece una serie de nuevos interrogantes en lo social y en lo político. Estos cambios pueden observarse a partir de diferentes esferas que abarcan desde lo socioeconómico hasta el sentido de la vida cotidiana.

Vivimos cada día con mayores tensiones, con transformaciones a mayor velocidad y con mayor alcance. El capitalismo global somete a lo local. Emergen problemas que no pueden ser resueltos a escala local, pero que tienen su origen en lo global tales como el militarismo y el armamentismo (no son problemas con expresión en la Argentina), el terrorismo, las migraciones en masa, el derroche incalculable de recursos fundamentalmente para satisfacer aquellas cosas que son superfluas, el deterioro progresivo del medio ambiente, (Argentina está entre los 10/12 países del mundo que más están destruyendo los bosques nativos), la acumulación de riqueza por parte de los países capitalistas desarrollados y, como contrapartida, grandes sectores de la humanidad viviendo en la extrema pobreza, es decir la exclusión. Vemos entonces un capitalismo que nos ha brindado enormes avances tecnológicos, pero que nos ha generado contradicciones tremendas, y éste es el desafío que nosotros debemos enfrentar. El desarrollo material de la sociedad capitalista, (sobre la base de la tercera revolución científico técnica) ha posibilitado en paralelo un vacío espiritual en la sociedad, particularmente notorio en la juventud, que se refleja sobre todo en la pérdida de vigencia de los valores en que se sustentaban las comunidades humanas, sin que éstos hayan sido sustituidos por otros. Se ha creado así un ambiente moral degradado que condiciona la aparición de toda suerte de patologías sociales indicativas de un malestar general de la sociedad, privada de certezas y valores orientadores.

Frente a la sensación de pérdida de sentido de la existencia humana y el consiguiente agotarse en el presente y en la coyuntura, se constata una peligrosa resurrección de fundamentalismos y sectarismos religiosos o de otra índole, todos tributarios de un primitivismo y de una potencial agresividad que se creían superados. En este escenario de transformación constante, Argentina no es ajena a estas tendencias y a estos problemas. Ciclos de estancamiento económico, crisis política, degradación institucional, corrupción generalizada y desigualdades persistentes nos ubican en una situación desfavorable para hacer frente a los riesgos y amenazas de la globalización.

A pocos días de celebrar los 200 años de la Independencia Nacional, es la hora de conquistar una verdadera institucionalidad republicana, sostener la democracia política y garantizar la democracia social que es el hogar de la ciudadanía. Nuestro proceso histórico es conflictivo y hasta contradictorio. La perspectiva histórica nos permite apreciar que, luego de 33 años, la democracia política es un bien social logrado que prácticamente nadie cuestiona, aunque hay mucho que hacer para perfeccionarla y ampliarla, en especial dotándola de calidad institucional y de capacidades estatales para orientar un desarrollo social y económico más equitativo. La pobreza, la desigualdad, la fragmentación, la falta de cohesión social, cuando no la desesperanza, que no se miden sólo con indicadores de ingreso, son realidades que dan cuenta de la profundidad de la crisis de nuestra sociedad contemporánea.

Indices de pobreza, indigencia y desigualdad, en un país rico como la Argentina, constituyen un grave problema ético, que la política debe enfrentar como tal para recuperar su legitimidad social más profunda. El Bicentenario es más que una fecha: somos nosotros mismos, como argentinos, abriendo la etapa que se inicia, la tercera centuria. La Nación es un proyecto que sigue naciéndonos desde adentro, hay que dejar de añorarla como si se escondiera en el pasado. La Nación es el presente y el futuro.

La Argentina de hoy tiene grandes potencialidades y posibilidades ciertas de enfrentar con éxito sus problemas, si los argentinos estamos dispuestos a encontrarnos para conquistar el futuro. Necesitamos trabajar en conjunto con las fuerzas políticas y sociales progresistas en la construcción de un proyecto de largo alcance. Para ello es necesario estudiar en profundidad lo que está pasando en el mundo y en Argentina, para consensuar las mejores alternativas posibles. Observemos nuestro pasado. La Nación es una comunidad cultural que surge de una historia común. Aprendiendo del ejemplo y de las convicciones de líderes como San Martín, Belgrano, Moreno, que creyeron en el pueblo y sus capacidades, y de héroes como el Tambor de Tacuarí, las mujeres de Ayohúma o el pueblo que protagonizóel éxodo jujeño, asumamos los desafíos de la hora que nos toca vivir.

Los socialistas nos sentimos parte activa de un espacio latinoamericano que ha logrado ­sin consolidar­ importantes avances en la lucha por una mayor igualdad y por su propia unidad continental. Creemos necesario e imprescindible defender la unidad política latinoamericana y afianzar los diálogos regionales privilegiando el Mercosur. Decíamos, hay que estudiar. Los socialistas debemos interpretar la realidad sin dogmatismos. El mundo actual no es el mismo que el de hace treinta o sesenta años y, mucho menos, que el que vieron Juan B. Justo y sus compañeros al fundar el Partido. Hoy, debemos volver a estudiar los modos de producción, las nuevas relaciones sociales mediadas por las tecnologías y las certezas e incertidumbres que se han ido produciendo a lo largo del tiempo.

El socialismo ha sido el partido del avance, del progreso, de nuevas formas de vida, de nuevas formas de organización social. Y ha sido el que está al tanto del avance de la ciencia para ponerla al servicio de la sociedad. Si se logran avances en cualquier aspecto de la vida ciudadana, los socialistas tenemos que estar acompañando esas transformaciones y orientándolas a lo social, a la equidad, a la solidaridad. Hay que comprender que el socialismo no es un sistema. Es un conjunto de valores, que a través de la historia se va aplicando en cada circunstancia. Esto se debe abordar con pasión. Esto para nosotros es esencial; la pasión política. La pasión tiene sus raíces en la utopía, en el ideal. Y no hay lucha socialista sin utopía y sin ideal. Esto hay que comprenderlo. El socialismo hace posible la concreción de la utopía, del ideal, como resultado de que hemos sabido llegar a la comprensión de la gente, que la hemos sabido movilizar. Y esas mujeres y hombres movilizados tras un ideal son una fuerza transformadora incalculable. Por eso es necesario avanzar con las dos patas del socialismo: con la ciencia y con el ideal, conociendo cada vez mejor el territorio, y a la vez con la utopía de un país con más igualdad, de una ciudad con mejor calidad de vida para todos sus habitantes, de un barrio más vivible. Esto es posible.

Debemos asumir como propio el reivindicar el sentido de la política como emprendimiento colectivo, complejo, con diferencias, matices, luchas y problemas. La política así pensada es una fuerza inclusiva. Por donde pasa, no deja la dignidad alicaída, los sueños envejecidos, ni las vidas malogradas. Esta revalorización de la política será posible en la medida que ganemos una doble batalla cultural: pasar de la cultura de la disidencia a la de la coincidencia; y volver a reunir la política y la ética. Escuchar, dialogar, convocar, ser convocados. Sumar.

Este ha sido el accionar de todos los socialistas que por mandato popular han ocupado un cargo institucional en la República Argentina: en las legislaturas nacional, provinciales o municipales; gobernación o intendencias; en las organizaciones de la sociedad civil: sindicatos, asociaciones profesionales, cooperativas…Siempre honrando la Máxima que nos legó J. B. Justo “Manos limpias y uñas cortas”.

Impulsamos una estrategia de desarrollo cuyo objetivo sea la inclusión y su sostenibilidad debe ser el resultado de un proceso amplio de participación que recoja distintos aportes disciplinarios, que incorpore conocimientos de centros académicos, think thanks, profesionales y expertos en políticas públicas, enriquecidos con las opiniones y propuestas de la sociedad civil y sus organizaciones que son, finalmente, destinatarios de dicha estrategia. Crear consensos para generar un escenario mejor, un escenario más próximo a nuestro pensamiento, un escenario más favorable a nuestras propuestas, sin imponerlas.

Es necesario articular democracia representativa con democracia participativa, inventando otras formas políticas que permitan esa articulación. Hay que refundar la lógica partidaria, y esa lógica tiene que incluir la democracia participativa desde el inicio. El desafío es propiciar que las personas se involucren; que nutran las instituciones existentes o construyan nuevas, para asumir la lucha por una sociedad diferente donde cada uno sea protagonista. Nuestro Partido debe proponer alternativas para progresar y no sólo crecer; para convivir y no sólo defender el metro cuadrado personal; para desarrollarnos humanamente y no sólo tener; para compartir y no sólo competir; para integrar y no excluir.

Tenemos que hablar hoy con los jóvenes distantes de los partidos políticos, con los pueblos originarios que están cansados de ser tratados como un problema de pobreza, con las mujeres cuyas expectativas y ejercicio de derechos están limitados por su condición de género, con los sectores vulnerables y con los sectores medios que, con mayor conciencia de sus derechos deben pelearlos en el mercado, con claras desventajas ante una esfera pública de escasa calidad. Hacer participes a los trabajadores de una estrategia de desarrollo que habrá de descansar en sus hombros.

Dialogar con los pequeños y medianos empresarios, porque no habrá estrategia de desarrollo posible sino se suman a un proyecto de Nación. Combatir las discriminaciones, exclusiones y desiguales oportunidades que viven las mujeres, que no sólo las afectan a ellas y a su entorno familiar, sino a toda la sociedad. Sin abordar las desigualdades de género no será posible avanzar en un desarrollo inclusivo. Si algo ha dañado a la política tanto o más que las malas prácticas es el empobrecimiento del debate de ideas, es la pérdida de valores que sustentan el sentido del para qué y el porqué de la política. Nuestro planteo político tiene que ir dirigido a lo social. Sin dudas. Sin desarrollo social, no hay desarrollo económico. No creemos en el planteo neoliberal, que dice que primero tenemos que crecer económicamente, y que por efecto derrame vendrá el desarrollo social. Ya sabemos que esto no funciona así. Nosotros creemos que es exactamente lo contrario: la falta de desarrollo social frena el desarrollo económico. Para nosotros la economía es la forma de pensar cómo satisfacer las necesidades sociales, y sólo tiene sentido si está al servicio de la gente.

En la confluencia de los valores de libertad e igualdad está el punto de partida de un gran acuerdo progresista por el desarrollo. Es posible un régimen económico, social y político que más que articular libertad con igualdad, las asimile. Como síntesis, el de comunidad, puesto que los seres humanos hemos de vivir juntos, de lo que se trata es cómo ejercer la libertad en sociedad. Ello supone que todos se reconozcan en su singularidad y titulares de iguales derechos. La realización autónoma solo puede ser alcanzada si cada cual, desde su proyecto personal, contribuye a producir las riquezas materiales y simbólicas que permiten el desarrollo humano de todos. Finalmente, queremos expresar que el presente y el futuro nos confrontan y nos demandan. Debemos formar un Partido que se organice utilizando todos los medios técnicos innovadores que estén al alcance: en las comunicaciones, en la administración, en la asesoría científica. Un Partido que discuta las finanzas, un Partido que se abra a la sociedad con gran amplitud, un Partido que sea flexible en sus formas orgánicas, porque hay realidades totalmente diferentes y complejas, un Partido donde se practique la democracia interna, un Partido que sume y recoja las experiencias de la sociedad a través de sus distintas representatividades, y que propicie la participación ciudadana permanentemente.

Debemos reafirmar que el Socialismo es y debe ser el partido de la ética, la transparencia y la honestidad. Históricamente asífue identificado el Socialismo en la Argentina y nuestras experiencias gubernamentales vienen a renovar y confirmar esta imagen partidaria en la sociedad. Sigamos construyendo un Socialismo de ideas, que convoque a la esperanza colectiva de transformar la realidad. Hay un enorme espacio social y político vacante en la lucha por más igualdad, motor y esencia del Partido Socialista que cumple 120 años de existencia. Celebremos con alegría estos 120 años y asumamos el compromiso de dar lo mejor de cada uno por la Argentina que todos anhelamos. No olvidemos que lo que es bueno para la Nación, es bueno para el socialismo.

FELIZ CUMPLEAÑOS PARA TODAS Y TODOS